(Texto de Zagros, en breve nuevo co-autor del blog. Como veis, no cambiamos la tónica.)
Me gustan los juegos.
Quizá es una secuela. O una precuela, quién sabe.
Sin embargo a veces me da la impresión de que sobrepaso los límites de los juegos, voy demasiado lejos. Si un niño me viera me diría que soy un tramposo. Sin embargo en estos juegos quiero ver hasta dónde puedo llegar, si tengo límites, y si los tengo dónde están mis límites, si tengo conciencia. Vale, lo reconozco, me paso en los juegos, pero no se quedan atrás. Estos juegos son un resultado, un efecto. Niño a quién golpean sus padres va a golpear a sus hijos.
Tenéis un problema: os gusta jugar, pero no soportáis perder, chicas. Jugar está muy bien cuándo ganáis, pero si perdéis venís con cosas cómo “Ahora qué hago, no merece la pena seguir así...”, etc.
Y os váis con vuestro pagafantas para llorarle en el hombro, mientras él se muere por daros un beso, por una palabra dulce, sin saber que él es vuestro premio de consolación, jugáis con el sin riesgo, sabedoras de que vais a ganar. Necesitáis ganar. Necesitáis ser la capitana del barco. Una lástima que hayas dado con un pirata tramposo.
Decís “te quiero” a boca llena, y tú y yo sabemos que es solo un juego, una forma de medirte, cuánto tiempo tardará en caer? Esta vez no ha caído
Chica guapa, pero solo guapa.
No me digas que te duele, que me quieres, no intentes engañar a un mentiroso, no lo vas a conseguir.